Sí, sí, ya lo sé, llevo mil millones de años sin escribir nada. El caso es que, por alguna extraña razón, se me ha ido toda la inspiración, zasssssssss, así, de repente. Y entonces me he puesto melodramática en plan: "Pero si yo no sé escribir, pero si a nadie va a interesarle lo que yo escriba, pero si todo lo que leo en otros blogs es mucho más interesante que lo que yo pueda contar, pero si....". Y así hasta el infinito.
Entonces me he dado cuenta de que ya no miraba el contador de visitas (al principio lo hacía de forma compulsiva, me avergüenza reconocerlo) y he llegado a la conclusión de que me importa bastante poco si a la gente le gusta o no le gusta lo que escribo (hay algunos a los que os gusta y agradezco muchísimo vuestros comentarios, que me han levantado mucho el ánimo), ¡voy a seguir escribiendo! Tan a menudo como pueda. Y es posible que los post no estén muy pensados, ni elaborados, ni ningún rollo de esos, pero serán míos.
Y voy a lo que voy que siempre me enrollo muchísimo.
¿Alguna vez habeis ido a la peluquería y la peluquera, mujer maligna, ha hecho lo que le da la gana con tu pelo? Supongo que a todos nos ha pasado algo parecido. Pues mi peluquera no sigue la táctica habitual:
- Hola Pepi, venía a que me cortases un poco las puntas.
Y Pepi te deja el pelo en plan Demi Moore en Ghost, cuando tú tenías una melena que casi te llegaba a la cintura.
No, no, ni muchísimo menos. Mi peluquera es mucho más sutil que todo eso. Ella nunca debió dedicarse a la peluquería, sino ser psicóloga, o directora de una secta, o algo similar. Nuestras conversaciones no se basan en el embarazo de Letizia, o la nueva novia de Tom Cruise, o cualquier otro chismorreo, como ocurriría con una peluquera normal. Nuestra conversación sería algo parecido a esto:
- Hola Ángela, vengo a que me pongas unas mechas
- ¿Y quieres que te arregle un poco las puntas?
- Oh, no, en realidad no. Sólo las mechas.
- ¿Sólo las mechas?- replica clavando en mi una mirada asesina- ¿Tú has visto como tienes las puntas?
- Yo... bueno... el mes pasado me las arreglaste y...
- ¡Hay que cortar! De hecho, he decidido que no voy a darte mechas, porque estarías muchísimo más mona con una base rubia y unos reflejos - asegura amenazándome con las tijeras. Vale, no me está amenazando, ¡pero las tiene en la mano!
- No, Ángela, de verdad, yo solo quiero las mechas y nada más - digo con tono resuelto. Y, entonces, empieza el cambio de táctica. Es cuando se convierte en Ángela-lava-cerebros.
-A ver, Ariadana, tú lo que quieres es tener un pelo realmente bonito, ¿verdad?- dice mientras acerca una revista de chicas guapísimas con pelos preciosos- dime que no quieres tener un corte como el de esta chica, el color del de esta otra con los reflejos de la de más allá...
- No, ¡no quiero!
- Claro que quieres, tonta, ¡si tú tienes un pelo precioso! Anda, déjame a mi, verás como vas a estar encantada. ¡Y lo que vas a presumir de melena! Todo el mundo la envidiará. Ay, espera, ya sé lo que haré. Tendrás el corte de pelo de Jennifer Aniston y el color de Gwyneth Paltrow.
- Me gusta el corte de Jennifer, pero...- y ya está, estoy perdida. No hay nada que hacer.
- ¡No hay más que hablar!
Y, efectivamente, no lo hay. Se concentra tanto en hacerme lo que le da la gana, que no vuelve a dirigirme la palabra hasta que ha terminado, me pone un espejo delante y otro detrás y.... ¡voilà! Tengo el mismísimo corte de la Aniston y el mismísimo color de la Paltrow.
- Ángela, acabo de decidir una cosa: ¡no quiero el corte de pelo de Jennifer Aniston! Lo que quiero en realidad es la cara de Jennifer, el cuerpo de Jennifer, el dinero de Jennifer, el ex marido de Jennifer...
Y así me voy de la peluquería, pensando, como siempre, que no volveré allí nunca más. Eso sí, dejando una buena propina. No puedes enfadar a quien tiene el poder.
¿A alguno de vosotros os pasa esto? ¿Vuestra peluquera os toma por conejillos de indias? ¿Es una especie de conspiración entre peluqueras demoníacas?